En 1867, cuando ocurre el último levantamiento federal liderado por Felipe Varela, los Taboada se convierten en el brazo represor del mitrismo en el NOA.
«Tucumán, Salta, Catamarca, están librados a la energía de los Taboada, que no dejarán nada que a mazorca o transacción se parezca», escribe Sarmiento en El Nacional.
Inspirado en la represión interna que se desató por entonces en Santiago del Estero, el escritor imagina una historia en dos planos: la del coronel Carranza, sobrino de Juan Felipe Ibarra, que huye para buscar refugio entre las tropas federalistas que aún resisten.
Y el de un recital en Córdoba de un conocido cantor, en cuya personalidad sugiere la perduración de un misterioso karma.
Amplio salón el del Banco de Córdoba. Techos altísimos; a los lados, sobre la pared, sobresalen molduras bellamente labradas, en varios niveles, unas sobre otras, apoyadas en pilastras que se prolongan hasta los dinteles de puertas de varias hojas. Unempapelado barrococubre con tonalidades ocres y arabescos la pared, hasta el último de los ornamentos. Arriba, delicadas figuras neoclásicas, sobre vitrales, en la claraboya.
Un funcionario municipal a nuestro lado -barba grisácea, traje gris, barriga blanca, corbata- explica que la carpintería taraceada en caoba, donde se engarzan las rejas de las cajas y el moblaje, «la trajo Juárez Celman», enteramente, de Francia. «No se valora esto, en la actualidad», nos dice. Casi al fondo del recinto, se ha instalado una tarima, cubierta por una alfombra verde, un par de micrófonos y una silla barroca, para el cantor. Estamos en la primera fila; no queremos perdernos un sonido de su guitarra, un solo detalle del recital. La gente, llenando hasta el fondo el salón, habla en voz baja. El lugar impone respeto. De repente hay un silencio; después, se levantan algunas cabezas y se suscita un movimiento similar a la senda que abre un remolino de viento en el trigal. Llega el cantor.