El ex Jefe de la Quinta Brigada de Infantería, Antonio Domingo Bussi,lloró ante el tribunal que lo juzga por la desaparición del dirigente peronista, Guillermo Vargas Aignasse. Importante testimonio, y la coartada perfecta del Ejército para deslindar responsabilidades. Heridas del pasado que no cicatrizan.
Corrían tiempos difíciles en el país y Tucumán
en particular cobró relevancia a partir de la decisión de la entonces presidenta María Estela Martínez de Perón, de terminar con grupos “disociadores”. El lamentable Operativo Independencia, ejecutado en 1975 para terminar con la subversión, hoy encabeza el principal tema de las causas alojadas en la Justicia Federal.
El 24 de marzo de 1976, no fue un día más para la familia Vargas Aignasse. Ese día, encapuchados irrumpieron en su domicilio pasadas las 3.30 de la madrugada y lo “chuparon” sin mediar explicación. Al día siguiente, apareció en su vivienda acompañado por efectivos policiales, con el objeto de buscar unas carpetas y se fue. Según palabras de su esposa, Marta Cárdenas, el 1º de abril se presentó en su casa un teniente del Ejército para invitarla a visitar a su esposo que por aquel entonces permanecía detenido en la cárcel de Villa Urquiza. «Tenía señas de que había tenido los ojos vendados y sus manos atadas por los movimientos que efectuaba, como dolorido”, fueron las palabras vertidas, ante la Justicia Federal, por la compañera de Vargas Aignasse en 1984.
Cinco días después, un militar que respondía al nombre de Ernesto Nicolás Chávez, se comunicó telefónicamente con la mujer del dirigente político para decirle que el día anterior y a eso de las 22 horas, su esposo había sido liberado junto a otro detenido de apellido Rubio.
Esta situación sirve de argumento para decir ahora en el juicio que se lleva adelante en Tucumán, que Vargas Aignasse y su compañero fueron interceptados en la vía pública por desconocidos. No es la primera vez que se instala ésta hipótesis para evadir responsabilidades y adjudicar los episodios a grupos opositores.