Son jóvenes con un vacío absoluto, su vida es deprimente y su único objetivo es sufrir. No tienen vínculo comunicativo con sus padres ni con nadie que no pertenezca a su círculo. Su religión es la tristeza, el pesimismo y la incomprensión. Una nueva tribu urbana que también se expande en esta provincia.
Santiago del Estero es una tierra mansa, tranquila. Eso lo
saben todos los que habitan por estos lares. En general, no suceden grandes cosas. Todavía sigue siendo un pueblo chico, en el que todos se conocen o, al menos, donde un amigo de alguien es pariente de aquél otro, o vecino del cuñado o una historia así. Por ello, cuando alguna moda importada desde otros lugares comienza a instalarse, de inmediato se sabe quiénes son sus seguidores, los critican o los alaban por lo bien o lo mal que les sienta. Es más, otros ni siquiera se fijan en ellos, por considerarlas cuestiones efímeras o pasajeras. Sólo cuando alcanza niveles de violencia y produce trastornos para los vecinos, recién comienzan a preocuparse, tal como ocurrió con la presentación de los buzos por parte de los alumnos secundarios. Cuando la cuestión salió de su cauce, todos dirigieron su atención y buscaron soluciones a la llamada nueva «moda» juvenil.
Si bien la psicología afirma que todas las expresiones juveniles comienzan como una moda, sólo algunas se transforman en movimientos, y muy pocas alcanzan los estándares necesarios para englobarse como «tribus urbanas».
En los últimos meses, los medios nacionales concitaron su atención, precisamente, en ellas. En ese grupo de gente que se comporta de acuerdo a las ideologías de una subcultura, que se origina y se desarrolla en el ambiente de la gran ciudad.
A qué viene esta cuestión. Acaso, ¿hay tribus urbanas en Santiago del Estero? Hasta ahora, los «emos», los «darks», los «punks», los «flogers», los «skaters», parecían chicos que sólo se veían en la tele. Inimaginables de encontrar en esta ciudad. Al menos, hasta ahora…
IRRUPCIÓN EN SANTIAGO
En los últimos dos meses, durante la tarde noche de los sábados, en las plazas, principalmente la Libertad y la San Martín, se puede encontrar a un grupo de jóvenes vestidos de una forma muy particular, unidos bajo un conjunto de características distintivas, pensamientos, e intereses comunes. Todavía son una comunidad pequeña, pero afirman tener identidad propia.
Para algunos sociólogos no se trata nada más que de la búsqueda de identidad por parte de los jóvenes, que se identifican con esa tendencia y sienten repulsión hacia las tendencias opuestas.
Si bien la diva Susana Giménez los sentó en su living y habló con integrantes de todas tribus, aquí todavía existe un cierto temor a ser presentados en sociedad. Nadie se anima a hablar. Aún temen ser catalogados como «distintos», aunque, en el fondo, no quieran otra cosa más que serlo.
Hasta ahora, los que no tenían miedo a mostrarse eran sólo los «skaters», esos chicos que se montan a sus patinetas (o skate) y hacen piruetas en la plaza, saltando de un lado al otro, mostrando sus habilidades. Pero a nadie se les ocurre que forman parte de un «tribu» en particular.